18 Julio 2019 6:08 PM

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El diamante de la reina Victoria

Juan Rafael Pacheco

Juan Rafael Pacheco

Juan Rafael Pacheco | ACTUALIZADO 24.03.2019 - 5:09 pm

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Doscientos años antes que Colón pisara tierra en el Nuevo Mundo, se descubrió en la India el que sería llamado el diamante Koh-i-Noor, la “montaña de luz”. Durante siglos fue el de mayor tamaño, el más perfecto, de tal valor que podría alimentar al mundo entero durante dos días y medio.
   
Cuando los ingleses lograron que la India formara parte del Imperio Británico, decidieron que el joven Maharajá de Lahore, quien tan sólo tenia 13 años, personalmente entregara la joya a la reina Victoria.
       
Siendo ya un hombre mayor, el Maharajá visitó nuevamente la Reina, a quien solicitó que la piedra fuera traída de la Torre de Londres, donde se mantenía guardada. Tomando el diamante en sus manos, se arrodilló frente a Victoria y se lo presentó de nuevo, diciendo: “Su Majestad, yo le di esta joya cuando era un niño, demasiado joven para entender lo que estaba haciendo.  Deseo dársela de nuevo en la plenitud de mis fuerzas, con todo mi corazón, afecto y gratitud, ahora y para siempre, en plena conciencia de mi acto.”
       
Hablemos un poco del agradecimiento. Cuenta la Palabra que a Jesús “le salieron al encuentro diez leprosos, que se detuvieron a distancia y empezaron a gritarle: ‘¡Jesús, Maestro, ten compasión de nosotros!’. Al verlos, Jesús les dijo: ‘Vayan a presentarse a los sacerdotes’. Y en el camino quedaron purificados. Uno de ellos, al comprobar que estaba curado, volvió atrás alabando a Dios en voz alta y se arrojó a los pies de Jesús con el rostro en tierra, dándole gracias...  Jesús le dijo: ‘¿Cómo, no quedaron purificados los diez? Los otros nueve, ¿dónde están? ¿Ninguno volvió a dar gracias a Dios?’” (Cf Lc 17, 11-19).
   
Tanto el Maharajá como el leproso fueron agradecidos.  Comenta San Bernardo –quien vivió hace casi mil años—que “en nuestros días se ve a mucha gente que ora, pero, desgraciadamente, no hay muchos que se den cuenta de lo que deben a Dios y le den gracias... Los leprosos bien sabían orar, suplicar, pedir, porque levantaron la voz para exclamar: «Jesús, hijo de David, ten compasión de nosotros». Pero les faltó una cuarta cosa que es la que reclama san Pablo: «la acción de gracias» (1 Tm 2, 1), porque no regresaron y no dieron gracias a Dios.
   
También vemos que hay personas que piden a Dios con insistencia lo que les hace falta, pero tan sólo un número reducido parece reconocer los beneficios recibidos. No hay nada malo en pedir con insistencia, pero lo que hace que Dios no nos escuche es porque se da cuenta que nos falta agradecimiento. Al fin y al cabo es quizás un acto de su clemencia el no dar a los ingratos lo que piden, para que no sean juzgados con más rigor a causa de su ingratitud... Es pues a causa de su misericordia que Dios, a veces, retiene su misericordia...” 
     
Es el caso de tantos hombres y mujeres que, al encontrarse cara a cara con Jesús durante un retiro, son curados de la lepra del mundo,  y sin embargo, prontamente olvidan los beneficios recibidos –no son agradecidos—y vuelven, “como los cerdos bañados, a revolcarse en el lodo.” (2 Pe 2, 22).
    
¿Y tú? ¿Perteneces al grupo del Maharajá y el leproso, o prefieres quedarte con los otros nueve… en el fango?

La ingratitud tiene sus consecuencias.

Bendiciones y paz.
 


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