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Cómo expresarme mejor cada día?

Marilyn Ventura | ACTUALIZADO 10.09.2017 - 7:19 pm

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¡Feliz día para tod@s!

(PARTE 1)


Por lo general, todos comenzamos a hablar espontáneamente por medio de imitar el habla de nuestros padres aproximadamente al año de nacer, y comúnmente empezamos a escribir a partir de la escuela, cuando los maestros nos enseñan a armar palabras y frases sencillas usando el abecedario (ESE OSO, AMA A MI MAMÁ).
   
Pero, poco a poco, el sistema de enseñanza, que se suponía debía facilitarnos las cosas para expresarnos mejor, terminó complicándonos las cosas, y los gerundios, diptongos, hiatos, esdrújulas, hipérboles, diacríticas, pretéritos, antecopretéritos, yuxtaposiciones y demás términos técnicos acabaron abrumándonos de un modo que nos dejó mental, psicológica y emocionalmente exhaustos, por no decir plenamente discapacitados para redactar con suficiente eficiencia una simple carta para solicitar un modesto puesto de trabajo (siempre terminamos pidiéndole a otro que lo ponga por escrito por nosotros). Lo que se diseñó para ayudarnos a entendernos mejor los unos a los otros, resultó despertando en la mayoría una marcada y nada disimulada aversión por las letras, logrando a duras penas rescatar  de la ignorancia supina a una minoría poco comprendida que finalmente lograría descubrir en estos menesteres el facinante desafío de memorizar todas las conjugaciones de cuanto verbo se nos ocurriera y de devorar las delicias intelectuales editadas por la crema y nata de la especialidad. ¡Qué paradoja inexplicable, imperdonable y execrable!  
   
Una enseñanza confusa y aburrida no es enseñanza. Maxwel Maltz, autor de Principios de psicocibernética(1958) escribió: "Cuando cesa el entretenimiento, cesa la enseñanza". Y nadie puede negar que la enseñanza del idioma es un asunto que requiere grandes dosis de paciencia con los maestros (lo mismo dicen ellos de sus alumnos).            

Porque si las llamadas normas de etiqueta social sirvieron desde la antigüedad, no solo para cultivar el respeto por las personas, sino para discriminar -sin lugar a dudas- a los que no pertenecían a la misma clase social, especialmente la llamada alta sociedad, las normas del lenguaje no fueron menos tolerantes ni contamplativas con el vulgo.




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