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¿Xenofobia, racismo, homofobia, o simplemente aporofobia?

Redacción | ACTUALIZADO 25.07.2018 - 5:05 pm

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No basta con que una realidad nos reviente los sentidos para denunciar a gritos su presencia y su existencia. No basta que se instale en los primeros planos de nuestra conducta y que otros sufran sus efectos. Si no hay una manera de designarla y nombrarla, nunca podremos identificarla para controlar sus efectos o buscarle una solución.  Simplemente, lo que no tiene nombre se invisibiliza y pasa por desapercibido, aunque esté frente a nuestras narices.
   
Solo dándole nombre a las realidades, que no por ignorarlas dejar de existir, podremos abordarlas, discutirlas, diseccionarlas, sacarlas a flote en el debate social, conocer y profundizar en sus causas y hacerle frente.
   
De ahí la importancia de acuñar palabras que nos ayuden a definir y entender mejor fenómenos sociales indiscutibles y cotidianos como la repulsión, consciente o inconsciente,  hacia los pobres y personas en vulnerabilidad extrema.
   
Creemos que precisamente eso fue lo que pasó por la cabeza de la filósofa española Adela Cortina cuando decidió crear el neologismo aporofobia, que designa al miedo, rechazo u odio a los pobres, la cual fue elegida como palabra del año 2017 por la Fundación del Español Urgente, auspiciada por la Agencia Efe y BBVA. Pese a que se trata de un término novedoso, no es así la realidad que alude, pues identifica una realidad social de muy antigua raigambre.
   
A Adela Cortina le cabe la virtud de nombrar una realidad que ya existía, pero que se ocultaba en la falta de un nombre que la pusiera a descubierto. Y esa realidad fue puesta en la mesa con la palabra aporofobia, con la cual Adela sacó a relucir, que muchas de las actitudes que se confunden con el racismo y la xenofobia, realmente corresponden a una fobia diferente: el rechazo socio-sicológico que producen los pobres, aquellos que están fuera de los estereotipos del éxito y de los símbolos del bienestar en la sociedad de las apariencias y el consumo.
   
El gran acierto de la catedrática de Ética y Filosofía Política de la Universidad de Valencia de juntar los términos griegos "áporos", que significa pobre, y fobia, que significa miedo, para  construir, la palabra "aporofobia", es un loable aporte para comprender todas las implicaciones e impactos negativos que están envueltos en nuestra tema de estudio.
   
La aversión a los pobres, convierte en su víctima hasta el amigo de infancia que se quedó económicamente muy detrás de nosotros, el familiar desfavorecido por la fortuna que viene a ‘importunarnos’ tocando nuestra puerta, la cual nos negamos abrir porque ya le tenemos cerradas las puertas de la conciencia, con nuestros prejuicios e indisposiciones hacia quien etiquetamos como un ‘vulgar pobre’, como si el serlo apestara o significara una categoría maldita o contagiosa.
   
Esto viene a demostrar que el problema no reside en la raza, en la etnia ni tampoco se trata de extranjería. El problema es su condición de pobreza. De modo que detrás de la xenofobia o racismo,  del rechazo al inmigrante, lo que se esconde es la aversión a la pobreza de la gente.
   
El boom del turismo mundial que fortalece la economía de muchos países, incluido el nuestro, demuestra que frente al que viene a gastar y a traer divisas, nadie es aporófobo, sino sonriente y  hospitalario, independientemente de su raza, credo o religión.

Siendo un país de negros y mulatos, a los dominicanos se nos acusa de ser racistas frente a los haitianos, cuando la verdad es que esto es contradictorio con nuestra abrumadora población negra.
   
En el fondo, lo que palpita es el menosprecio a quienes vemos como más pobres que nosotros, los cuales vienen a quitarnos las oportunidades y a distribuir entre más lo poco que tenemos y la riqueza que producimos. Es decir, también padecemos algún grado de aporofobia. Y lo mismo pasa con Donald Trump y los mexicanos. Y con los países de “mierda” y sus inmigrantes indeseados.
  
 Pero, ¿cómo llegamos a ser aporófobos? ¿Lo somos por instinto natural o aprendizaje social? La respuesta es que la aporofobia es un comportamiento aprendido por imitación en la escuela social de la vida, de la familia, de nuestros círculos de amigos y de los valores transmitidos. Y así como se instala también se puede desinstalar de  nuestras actitudes personales, políticas y sociales.
   
Y en esto las Sagradas Escrituras pueden ayudarnos mucho, cuando nos hablan de que “hay más felicidad en dar que la que hay en recibir”; cuando nos exhorta  a actuar con amor porque Dios es amor, y en el amor no cabe el odio que deshumaniza y es asiento de los peores instintos; cuando nos dice que “bienaventurados son los pobres porque de ellos es el Reino de los cielos; cuando Jesucristo nos insta a dejar la riqueza para seguirle, y cuando dice que más fácil entra un camello por el ojo de una aguja que un rico al reino  de los cielos, una hipérbole que simboliza que hay que ser humilde de corazón, y que el rico, si no abandona su ‘aporofobia’ y el odio que ésta entraña, se hace indigno de la gracia divina.
   
Contrario a la ‘aporofobia’ está su realidad inversa, la práctica de la solidaridad para con nuestros semejantes más necesitados, que en vez de rechazo necesitan acogida, que en vez de marginación necesitan una mano que se extienda solidaria, y en esto, las fundaciones que cumplen verdaderamente con su misión de redención social, realizan una labor encomiable.
   
Hay muchos ricos que no entienden que la práctica de la aporofobia termina revirtiéndose contra ellos, pues quienes sufren sus consecuencias se convierten en resentidos sociales al saberse víctimas del desprecio social solo por el hecho de ser pobre. Por ende, buscan la manera de vengarse radicalizándose políticamente o engrosando las filas de la delincuencia que amenaza su seguridad individual y familiar.
Enfrentemos, pues la aporofobia, acentuando su opuesto. En vez de odio más amor, en vez de rechazar al pobre aceptar su condición como algo superable o circunstancial que no define su identidad, porque todos los seres humanos tenemos la capacidad de levantarnos.

Por  Alejandro ASMAR




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