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José Cestero en Santiago

Inagura este jueves a las 6:30 en Bellas Artes exposición Territorio, memoria y nostalgias

Redacción | ACTUALIZADO 13.09.2017 - 7:53 pm

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Santiago.-Cuando se habla de bohemia, inmediatamente los jóvenes pensamos en la cerveza, y los más viejo en la canción de Aznavour que recoge las vivencias de la miseria de los pintores de alrededor de 1900 agrupados, muchos de ellos en la Ruche, un espacio parecido a una colmena. La Ruche fue creada por el escultor Alfred Boucher con sobrantes de l’Exposition Universelle de 1900 de Paris para ayudar a artista pobres, lo que es una contradicción, que no hay artista pobre. Por ese espacio pasaron Modigliani, Fernand Léger, Chaïn Soutine, Marie Laurencin, Chagall, Brancusi entre otros. Pero en Santo Domingo es pensar en Carlos Goico, Alejandro Alsina y principalmente en José Cestero.
   
La vainosidad de la vida de Cestero cayó del cielo el día que se le derrumbó el librero en la cabeza con Las Cartas de Van Gogh a Théo,     El jardinero de Jersy Kosinsky, las aventuras de Giacometti dibujando a su hermano Diego y luego esculpiéndolo con un estilo de flaquedad que da pena, los paseos de Monet y sus novias para desayunar sobre la yerba, o las acechanzas de las gordas de Renoir bañándose como Dios las trajo al mundo, los tratados de dibujo de Da Vinci que al golpear te hacen un chichón explicado en la página tal en sus numerosos dibujos anatómicos; sin olvidar los volúmenes sobre Picasso, Matisse, Cezanne y toda la literatura importante.  Es así como nace el paralelismo de Cestero con el Quijote de Cervantes.
   
Esa bohemia, errante, solitaria, no es tan nómada en Cestero.  Basta con que nos aventuremos por el Conde y veremos inmediatamente los molinos frecuentados por él: La Cafetera, la “librería” ambulante , aunque estacionaria de Daniel y Máximo, quienes le advierten de los grandes peligros, como aquel maligno escritor que caminaba como Pedro el Grande y por su casa, con la moña más grande que Guinness; con la sorciere de grandes vicios que te hipnotiza con su voz en cámara lenta; con los seminatori di grano salidos de una canción de JeanMaria Testa que se pasean disfrazados de turista; con el Gordo Oviedo que se hace pasar por una Gargantúa garabateada por Botero. Y todos, como murciélagos de algún sueño de Goya, sin razón, van a depositar su vagancia al pie del Cristóbal Colón de Lilis, donde Archímedes de la Concha colgó su dibujo del general Hereaux, al Palacio de la Esquizofrenia.



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