20 Agosto 2017 11:33 AM

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Un espectáculo alucinante en la frontera

Un espectáculo alucinante en la frontera

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Mujer con torre de cajas, sirve para transportar mercancías para obtener alguna ganancia.

Redacción | ACTUALIZADO 20.03.2017 - 7:35 pm

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La frontera abre a la hora acostumbrada. Comienza el trajín de miles de seres que entregan esfuerzo, sudor y energías para conseguir el sustento de sus familias a través de la actividad de vender y comprar. 

De este lado, el ambiente se llena de voces en creole y en un español salpicado del acento fuerte de la lengua de los visitantes del otro lado.  Se escuchan por doquier pregones que anuncian todo tipo de mercancías las cuales desparraman por las calles que rodean la plaza. Dajabón, la ciudad que demarca el límite con Haití por el lado norte de la isla compartida, parece estar de fiesta.

La algarabía y el colorido se manifiestan en todo su esplendor mostrando la huella caribeña en cada uno de los puestos de venta.  Relucen los tonos brillantes verdes, amarillos, anaranjados y rojos, no sólo en las telas y otros artículos, sino también en las sombrillas que protegen del sol a los mercaderes y contrastan con sus pieles de azabache. Parasoles que sobresalen entre la multitud y conforman los techos improvisados que cobijan la actividad comercial.  Un espectáculo alucinante durante seis horas.

Mientras continúa abierta la puerta en la línea divisoria, el movimiento es incesante.  En la travesía de gente que va y viene, llama la atención la carrera incansable de cientos de mujeres, adolescentes e infantes que cruzan de aquí para allá trasladando comestibles  y mercancías.  Cabezas coronadas por veintenas de empaques de huevos convierten esos cuerpos en torres que mantienen un equilibrio fascinante. Pies descalzos que levantan a su paso raudo nubecillas de polvo que se mezclan con el vapor del suelo ardiente, cuyo calor no logra  quemar aquellas plantas desnudas y ásperas porque en su afán y su prisa, vuelan.  Espaldas invisibles, dobladas por el peso de las cargas de víveres y todo tipo de chucherías.   El vaivén es apremiante porque cada entrega representa una ganancia que equivale al valor aproximado de tres dólares con los que cubren sus precarias necesidades por unos días.

Me muevo en medio de ese universo en el que, por unas horas se olvidan diferencias, prejuicios y conflictos. Disfruto, compro, regateo, disparo el obturador de mi cámara para conservar, en la parálisis de la imagen, aquellos momentos mágicos en los que me convenzo y creo lo que afirmó Eduardo Galeano al expresar que  “los mapas del alma no tienen fronteras”.   

Me entusiasmo y cruzo al otro lado, estoy en Ouanaminthe.  Allí hay transportes de todo tipo que amontonan artículos, personas y animales para trasladarlos a ciudades del interior.

Mis ojos se pierden detrás de las guaguas pintadas con expresiones de arte popular, que se deslizan como murales rodantes repletos de vida.

Al retornar me encuentro con que se acerca la hora del cierre y los militares, con sus macanas al aire, indican a mercaderes y visitantes que es tiempo de partir.
Se cierra la frontera y con ella el entendimiento.  La magia y la ilusión se escapan, la realidad se impone y da paso de nuevo a los vicios de la naturaleza humana.  Vuelve el racismo, el discrimen y la xenofobia.

En el autobús de regreso a Santiago me toca al lado de un haitiano, quien, además de llegar y comprar su boleto temprano, tiene al día sus permisos para residir y trabajar en este otro lado.

El vehículo está repleto, pero sobrevenden asientos a dominicanos que llegaron a última hora. El chofer resuelve el problema con un acto inaudito: ordena a los haitianos que cedan sus asientos a los dominicanos y sin el mas mínimo decoro les indica que tienen que viajar de pie o sentados en el piso, un trayecto de casi seis horas, sin importar que entre ellos hay una joven madre con dos niños, otra embarazada y un anciano con bastón, que al igual que mi vecino, llegaron mucho antes que la trulla de compatriotas que arribó bastante tarde.

Pienso en mis treinta años como inmigrante en Puerto Rico.  Nunca nadie me paró de ningún asiento por mi nacionalidad y siempre se respetaron mis derechos humanos fundamentales. 

Aturdida me pregunto cómo es posible tal afrenta después de la experiencia de confraternidad de las horas anteriores.  Mi indignación me impulsa a ceder mi asiento al vecino y advertirle al conductor que de allí no se mueve esa persona porque es mi lugar y lo traspaso a quien deseo.  Otro dominicano solidario hace lo propio con la madre y sus dos hijos, así como una señora comparte su asiento con la embarazada.

Tras seis horas y media de pie y dando tumbos en el pasillo del autobús, llego a Santiago con el cuerpo molido y el espíritu desecho.  ¡Qué pena, que aunque se rebasen las fronteras físicas, las mentales mantengan su hermetismo con cerrojos que impiden razonar y convivir en armonía con los demás!

Por Silvestrina Rodríguez Collado





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Cabeza coronada por el peso del sacrificio a la sobrevivencia.
Cual malabarista esta mujer lleva sobre su cabeza más de una veintena de huevos.

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