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Los tratamientos silvícolas y las labores en la tierra

Dr. Príamo Rodríguez Castillo | ACTUALIZADO 13.02.2018 - 8:34 pm

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Quincuagésima Quinta Parte

Una selva está formada por un extenso terreno inculto y poblado de árboles; por su parte, los tratamientos silvícolas son los procesos culturales a los que son sometidas las masas forestales para reemplazar, total o parcialmente, la situación actual por otra, con miras a un  adecuado cumplimiento de todo lo relativo a tales masas.  Normalmente, todo proceso cultural tiende a la conformación adecuada para la distribución de los pies de masa y su formación; la conservación, el desarrollo, la mejora, el aprovechamiento y la regeneración de las masas.     

El uso de la tecnología en el tratamiento silvícola, es el mejor medio para un aprovechamiento racional de los recursos naturales renovables que se vayan a obtener de un bosque, y, en consecuencia, debe amortizarse la persistencia del bosque y el equilibrio de la población que realmente lo constituye.
   
Los elementos que deben conformar las masas forestales se determinan según la prevalencia que se adopte para las funciones protectoras, productoras y socio-recreativas del bosque, prevalencia que no es impedimento para la interdependencia de tales funciones.
  
Los métodos de cultivo comprenden las actuaciones silvícolas que bien complementan el método de corta regeneración, mediante trabajos culturales, o bien se producen, tanto para lograr las estructuras más adecuadas de la parte de la masa no sometida a regeneración, como para lograr el máximo aprovechamiento de la potencialidad de la estación.  Aunque los tratamientos tienen preferente finalidad cultural, cuando actúan sobre la masa mediante cortos clareos que tienen el doble de interdependencia caracterizada por la operación cultural y de la extracción de productos.
   
Los cuidados culturales tienen una doble vertiente:  una es facilitar e, incluso, posibilitar la reproducción de la masa arbórea; y otra es la de aprovechar toda la potencialidad de la estación.  En relación a este cuidado cultural, transcribo lo que al respecto opinan expertos  en el tratamiento del suelo de un monte arbolado, y que responden a los siguientes fines, frecuentemente, simultáneos, como son favorecer la regeneración procedente de diseminación natural y la mejora de la calidad estacional por modificación de algún parámetro edáfico.
   
En el primero de los casos, la labor adecuada afectará solamente al horizonte superficial del suelo y consistirá en la eliminación de vegetación de matorrales herbáceos y los posibles restos vegetales sin descomponer, que impidan el correcto enraizamiento de la plántula nacida  de la diseminación natural y su crecimiento y pervivencia.
   
El laboreo afecta únicamente a un factor, independientemente de la clase de suelo, y no altera sus propiedades.  Personalmente, he vivido ocasiones en que, como entrenamiento y recuerdos de mis años mozos, cuando laboraba en muchas de estas áreas, se me presentaron situaciones de dificultades de regeneración por encharcamiento del suelo, principalmente, por falta de permeabilidad y, por tanto, la labor adecuada era el subsolado profundo, que rompe las capas impermeables que deben sanear el suelo, facilitando la regeneración.  En el primer caso, esta labor suele denominarse “decapado”, y cuando por su anchura y profundidad, se renueva gran cantidad de materiales hasta formar un acaballonado en la superficie de la trama, que en algunos de los casos tiene cierta pendiente, aumenta la filtración, y disminuyen, significativamente, las posibles erosiones.  En algunos casos, sobre todo, en terrenos llanos, por lo regular, se crean fracciones de suelo con menor riesgo de encharcamiento.          
En el otro caso, la labor es un subsolado que suele combinarse con el decapado,  a la vez que mejora la posibilidad de regeneración que produce una mejora estacional.
   
La mejora de la calidad del suelo, a través del laboreo, se consigue en los montes y ordenados y organizados, precisamente, en el momento en que por los aprovechamientos se dispone de superficies sin suelo que, normalmente, impide la ejecución de los mismos.
   
En este aspecto, considero importante e interesante referirme a las clases posibles de suelo, aunque no desde un punto de vista sistemático, sino en  relación con los factores edafológicos  que más inciden en la posibilidad de existencia de arbolado y en su productividad. 

Los casos posibles de suelo en los montes y arboledas se clasifican de la forma siguiente:  suelos evolucionados o maduros, en equilibrio con el clima y la vegetación;  suelos poco evolucionados en los que la dinámica los llevará de acuerdo con la roca sobre la que están formados y la vegetación que sustente; otros son suelos con horizonte petrocálcicos, por lo que hay que hacer constar que esta categoría o clase de suelos no es homogénea en relación con los criterios que han separado las anteriores clases, pero, por tener un tratamiento específico en el caso que nos ocupa, se separan para su consideración aparte.
   
La incidencia de los laboreos profundos, que expusimos, puede ser directa y favorable en los primeros e indirecta en los otros.  Tras las anteriores consideraciones, pasaremos a exponer lo relativo al laboreo en profundidad, sobre todo, en lo referente al subsolado y aterrazado, de acuerdo con las clases de suelo apuntadas.  En el caso de suelos muy evolucionados en que es lógico suponer que cualquier modificación que se introduzca en el perfil tenderá a ser corregida por la propia dinámica natural, hasta conducir al perfil en su estado originario, los únicos laboreos que caben son aquellos hechos sin alterar el orden, estructura y espesor de los horizontes, aumentando la profundidad útil del suelo y proporcionando a los sistemas radicales de la vegetación un mayor espacio de desarrollo y una mayor capacidad de campo.  Se excluyen, por lo tanto, los aterrazados, y se deberán de considerar los subsolados que alcancen capas en las que se manifieste o una impenetrabilidad a las raíces por cementación mecánica o por hidromorfia a causa de capa freática colgada, o bien, una roca madre en estado de descomposición tal que el subsolador pueda romper, siendo este el caso de las areniscas, pizarras, esquistos, gneises, filitos, etc. en contraposición con rocas duras con granitos y cuarcitas.
   
En el caso de los suelos poco evolucionados, en los que es previsible  una evolución hacia un perfil de madurez, que de acuerdo con los índices climáticos y edáficos pueden ser considerados esquemáticamente, las labores que tiendan a acelerar esa evolución o mejorar alguna característica edáfica estarán indicadas, siendo en estos  casos cuando los aterrazados cumplen su función en grado máximo, aumentando la capacidad de retención de agua, y evitando las escorrentías superficiales.  Asimismo, los subsolados cumplen finalidades como las enunciadas en el caso de los suelos muy evolucionados.
   
En los suelos con horizontes  petrocálicos, se incluyen  aquellos en los que a mayor o menor profundidad aparece un horizonte cuyo contenido en caliza activa puede cifrarse en un porcentaje mayor que en los anteriores, o sea,  muy alto, y suelen presentar, además, una cementación en las gravas y gravillas, añadiendo a la discontinuidad química una impenetrabilidad mecánica.
   
En estos casos, el laboreo conveniente y adecuado es el subsolado que mejora las características físicas del suelo; está, especialmente, contraindicado el aterrazado que podría tener en la superficie el carbonato cálcico con la consiguiente elevación general y el peligro correspondiente de floculación de arcillas y pérdida de la estructura del suelo.
   
Como consideración general en este tema sobre los laboreos para mejora del suelo, queremos hacer notar que estos no serán recomendables para mejorar el suelo, cuando  la pedregosidad del perfil sea superior o en pendientes superiores, o por escasa capacidad de retención de agua, ya que lo que procede en estos casos es la regeneración de la masa con cortes por entre rocas poco intensas en el espacio y en el tiempo.
   
Además, tenemos que añadir que los subsolados para corregir la capacidad de un horizonte, cuando está causada por una textura puramente limosa o arcillosa son poco efectivos, más que todo, por la escasa duración de los efectos de la labor.           




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